197 años de historia – Las razones de un amor incondicional

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Por Sergio Cárdenas Riquelme

Cuenta la leyenda que una vez una profesora que hacía clases en un colegio de una comuna cualquiera del gran Santiago y que se enfrentaba diariamente a una turba de chicos en sus clases que sólo pretendían divertirse y lanzar papeles durante la jornada, llevando a esta pobre y agotada mujer a una desgastante rutina de hacerlos callar, lograr que se concentraran, tomaran apuntes y evitar que faltando aún unos veinte minutos para que terminara la jornada, los adolescentes no se quedaran dormidos, por esas cosas de la vida fue llamada al Instituto Nacional para realizar un reemplazo de una colega que estaba con prenatal. Si bien la paga no tenía mayor diferencia le llamó la atención lo que esas dos palabras significaban. Lo primero que despertó en ella fue la curiosidad por el tremendo elefante blanco que es el colegio que ocupa toda la primera cuadra de calle Arturo Prat. El esfuerzo agotador de tener que subir hasta el sexto piso para hacer clases a un grupo de puros muchachos hizo para ella temer lo peor. Se venía un doble esfuerzo. Cuando entró en la sala vio a cerca de cuarenta chicos saltando por todos lados. Saludó a la sala sin esperar respuesta y para su sorpresa se escuchó al unísono: “Buenos días, señora profesora”, acto seguido los muchachos se sentaron, abrieron sus cuadernos y esperaron en silencio, moviendo nerviosamente los lápices para comenzar a anotar la materia. La profesora al presenciar esa imagen, rompió en llanto. Alguien se apresuró a darle un vaso con agua.

Es que algo tiene el Instituto Nacional que lleva a sus alumnos a querer demostrar lo mejor que tienen de sí. Puede ser la diversidad de personas que conforman tanto el profesorado como sus alumnos, haciendo que cada uno aporte una mirada distinta de la sociedad o bien el legado histórico que la comunidad institutana lleva como estandarte con el postulado de Camilo Henríquez. “El gran fin del Instituto es dar a la patria ciudadanos que la dirijan, la defiendan, la hagan florecer y le den honor”.

Y es que el Instituto Nacional es un símbolo de la Patria. Nació conjuntamente con el Ejército de Chile y la Biblioteca Nacional. El apego hacia esta institución nació incluso antes que se fundase. Juan Egaña decía en 1810: “La obra de Chile debe ser un gran colegio de artes y ciencias”. Se necesitaba un establecimiento que dejara atrás el oscurantismo de la Colonia y que representara el pensamiento de la Revolución de 1810. Así, Manuel de Salas, propone fusionar los existentes Academia de San Luis y el Colegio de los Nobles de Santiago San Carlos o Convictorio Carolino. Pero este último era realista así que desechó la idea. Camilo Henríquez presentó al Congreso a través del Cabildo de Santiago, su proyecto “Organización del Instituto Nacional de Chile”, llamado así al recordar el Colegio de Francia, creado por la Convención, la asamblea revolucionaria francesa.

Llega 1813 y el mando de la patria lo llevaba José Miguel Carrera, quien hizo suyo el sueño de crear el Instituto. El 10 de agosto de
ese año y con la presencia de los treinta y cinco mil habitantes que tenía en esa época la ciudad de Santiago, en la plazuela ubicada entre las calles Agustinas, parte de la cuadra entre San Antonio y lo que es hoy Mac Iver (actual Teatro Municipal de Santiago), las máximas autoridades presenciaron el desfile de la fuerza armada con sus estandartes tricolores. El discurso estuvo a cargo del sacerdote José Francisco Echaurren, abogado patriota y designado como el primer rector del Instituto. Su diatriba la pronunció en latín invocando “las gracias de Cicerón”.

Mariano Egaña, hijo de Juan Egaña, secretario de gobierno y redactor de la Constitución de 1833, señaló en un discurso posterior sobre el Instituto: “Como la ilustración es el único medio para formar a los pueblos honrados y felices, se quiso inmediatamente proporcionaros todos los auxilios de una educación brillante y provechosa… He aquí el cuadro de la felicidad futura que os puede proporcionar y que os presenta el gobierno. Lo demás os toca a vosotros”.

Tras el desastre de Rancagua, el general Mariano Osorio retoma el poder realista y Chile vuelve a ser colonia de España. Ordena cerrar “el Instituto Nacional inventado por el gobierno intruso”. El colegio se transforma en cuartel donde se instalan los crueles Talavera. Al comenzar la Patria Nueva, el director supremo Bernardo O’Higgins quiso abrir el Instituto pero los soldados lo dejaron en un estado lamentable, por lo que después de su restauración fue abierto el 20 de Julio de 1819. El nuevo rector, sacerdote José Manuel Verdugo, recibió a O’Higgins en las puertas del colegio y proclamó: “Ni el estruendo de las armas, ni las inmensas atenciones que tiene un gobierno naciente, le estorbaron que pusiera todo su cuidado en fundar esta escuela para que aquí se formase el ciudadano honrado y útil, el magistrado ilustre y justo y el eclesiástico sabio y pío… Una mano atrevida y desoladora vino a borrar este cuadro bello y a destrozar este árbol preciosísimo: ¡Qué Gloria la vuestra ser a quienes deberá Chile su futura grandeza y gloria¡”.

En sus aulas se han formado personajes que han contribuido desde todas las tribunas y destacan principalmente los mandatarios de Chile: Manuel Bulnes, Manuel Montt, José Joaquín Pérez, Federico Errázuriz Zañartu, Aníbal Pinto, Domingo Santa María, José Manuel Balmaceda, Federico Errázuriz Echaurren, Germán Riesco, Pedro Montt, Ramón Barros Luco, Juan Luis Sanfuentes, Jorge Alessandri, Salvador Allende, Ricardo Lagos y Patricio Aylwin (profesor del Instituto que hizo clases a Lagos).

También el escritor Alberto Blest Gana haría estudiar allí a su personaje “Martín Rivas”, Arturo Prat rendiría sus exámenes. Ignacio Carrera Pinto llegaría como alumno en 1861. José Victorino Lastarria despertaría un gran movimiento intelectual en 1842 con la creación de la Sociedad Literaria desde sus aulas.

Diego Portales, Benjamín Vicuña Mackenna, Valentín Letelier, Miguel Luis Amunátegui, Diego Barros Arana, José Toribio Medina, Francisco Bilbao han egresado de esta institución.

Contemporáneamente hay un sinfín de institutanos repartidos en todos los rincones de Chile y el mundo, realizando las más diversas labores. Desde obreros de la construcción, hasta grandes científicos y estadistas. Todos ellos sin fijarse en las apariencias se reconocen y no tardan en entonar el himno del colegio poniendo por sobre todo lo demás la sencillez y la fraternidad, porque reconocen en el Instituto Nacional al más grande patrimonio cultural de la Nación.

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