Ser viejo apesta

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Por Sergio Sepúlveda

Ser viejo en nuestro país apesta. Los ancianos se convierten en la última prioridad hasta de sus familias. Según fuentes gubernamentales, existen 160 mil adultos mayores en condiciones de pobreza y 260 mil que son allegados. Varios aspectos explican su vulnerable situación: el 10 por ciento de su pensión que les arrebató la dictadura, las imposiciones por salud, las recargadas tarifas de las Isapres y el cóctel de remedios que deben comprar para alimentar las voraces fauces del cartel de las grandes cadenas de farmacias.

Durante el reciente discurso presidencial, el Gobierno se comprometió a eliminar gradualmente la cotización de 7 por ciento por salud para la tercera edad, además de anunciar un bono para quienes cumplan 50 años de matrimonio. Promesas que se unen a un acuerdo del Senado impulsado por el independiente Bianchi en la materia.

Mientras ello ocurre, los viejos se siguen muriendo a causa de una sociedad que los trata como viles vagabundos o animales recostados con el pavimento de almohada. Como el caso de Julio Cortés Vásquez, fallecido a los 88 años, quien fuera uno de los ocho ancianos rescatados tardíamente desde una casa de reposo clandestina, descubierta en San Bernardo la semana pasada.

Atendemos a la limosna y día a día denostamos a nuestros abuelos. Desde los parámetros estéticos de la publicidad, hasta cuando nos hacemos los huevones y no damos el asiento en la micro o en el metro. No somos un país respetuoso con la vejez, que sigue sin ser digna para quienes se han partido el lomo toda una vida produciendo en un sistema económico que sólo, luego de años de trabajar, te honra con una chapa, diploma y una jubilación que con suerte alcanza para los remedios, para seguir viviendo de esa manera. Ser viejo apesta y es una lástima.

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