Fidel, Chávez y el cerco contra Venezuela

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Era diciembre de 1994. Fidel Castro acudía al Aeropuerto Internacional José Martí, el aeropuerto de La Habana, a recibir a un visitante muy poco conocido por los cubanos.

Fidel y Chávez: Una amistad entrañable

De una aeronave comercial descendió el joven Hugo Chávez, sonriente y un poco sorprendido de ver que al pie de la escalerilla lo esperaba Fidel. Chávez había liderado pocos meses antes un movimiento militar contra la decrépita presidencia de Carlos Andrés Pérez.

Nadie sabía mucho de él.

Confieso que, para mí, como para el mismo Chávez y para muchos otros, la presencia de Fidel era también un hecho sorprendente.

Una clave para entender aquella recepción inusitada era la historia.  Venezuela no era cualquier país para Cuba, y viceversa.

El derrocado presidente y gran novelista Rómulo Gallegos fue recibido en La Habana en 1948, luego de su deposición,  en un acto masivo organizado por comunistas y otras fuerzas políticas cubanas.

El primer país visitado por Fidel Castro tras su victoria sobre Fulgencio Batista, en enero de 1959, fue Venezuela.  Llevaba un fusil FAL, obsequio del general venezolano Wolfgang Larrazábal, al frente del gobierno de Caracas tras la expulsión del dictador Marcos Pérez Jiménez.

Venezuela había sido abrigo de los exiliados cubanos anti-batistianos, y desde esa tierra se multiplicaba, a través de los transmisores de la venezolana Radio Rumbos, la Radio Rebelde, que transmitía desde las montañas de la isla.  La señal radial revolucionaria lograba así un alcance mayor hacia la población cubana.

La solidaridad y la tradición común entre ambos países era una razón posible para aquel primer encuentro. Para los cubanos Venezuela era, al decir de Juan Marinello, “la tierra matriz de la libertad latinoamericana”.

Había otra explicación.  El dirigente argelino Abdelaziz  Bouteflika había dicho de Fidel: Fidel suele viajar al futuro, ve cómo serán las cosas, y regresa luego a explicarnos qué es lo que puede suceder.

Y esta capacidad de previsión tantas veces demostrada la habían comprobado los cubanos ante muchos otros hechos de la vida nacional e internacional.

Ahora estábamos frente a un nuevo y doble episodio:  donde la solidaridad tradicional se unía al juicio certero -político y humano– a más extenso plazo.


El férreo cerco

La revolución bolivariana no ha tenido una oposición a su altura, sino una conjura desunida de personajes y fuerzas diversas, que pretende la democión de las fuerzas revolucionarias y la restauración de un viejo y desacreditado orden.

El cerco que hoy se aprieta contra el gobierno bolivariano de Nicolás Maduro ha recorrido un camino que los cubanos conocemos perfectamente.

Todos los recursos han sido utilizados.  La unidad reaccionaria en torno al imperialismo, con una agresividad renovada, vuelve al escenario latinoamericano.

La OEA ha vuelto por sus tristes fueros.  Aprovechando la presencia de un edecán imperial de cuarta categoría en su Secretaría General, la orden de aislar férreamente al gobierno de Nicolás Maduro se ha intentado ejecutar.  Después de varios intentos fracasados, el viraje hacia la derecha de un grupo de países permitió – al fin, señor Almagro – lograr, en Lima, un documento condenatorio, injerencista e intervencionista, en un cenáculo donde participaban entre otros, varios gobiernos cuya estabilidad pende de un hilo por las acusaciones de corrupción contra sus máximas figuras.

La amenaza de intervención militar, por el ejército estadounidense o por varias fuerzas militares regionales, se dibuja en el horizonte cada vez con perfil más nítido.

El cerco mediático no tiene otro precedente que el que se armó en torno a la Revolución cubana.  Falsedades impresionantes encontraban eco en los más respetables medios de prensa del continente. Algo similar, pero favorecido por la multiplicación hoy de los sistemas de medios, ocurre hoy en Venezuela.

El intento de desacreditar las próximas elecciones para elegir al presidente de la República avanza trabajosamente por la debilidad misma de la oposición.

La verdad es que la revolución bolivariana no ha tenido una oposición a su altura, sino una conjura desunida de personajes y fuerzas diversas, en permanente lucha consigo misma, que no ofrece otro programa de gobierno que la democión de las fuerzas revolucionarias y la restauración de un viejo y desacreditado orden.

El viejo y desacreditado orden que derrocó la revolución de Hugo Chávez.


Ventajas y desventajas

Es el momento de devolver a la amenazada Revolución iniciada por Hugo Chávez, la solidaridad que muchos pueblos del continente han recibido en estos años proveniente de Venezuela.

Un amigo, justamente venezolano, que nunca había visitado La Habana, se sorprendió al ver la magnificencia de las residencias de la vieja burguesía, que abandonaron la isla al triunfo de la Revolución.  En efecto, las élites cubanas y hasta la parte menos favorecida de ellas, dejaron todo atrás.  Era imposible que un proceso como el que se inició en 1959, a las puertas de Estados Unidos, pudiera sobrevivir más allá de seis meses o un año.

No estaban del todo equivocados. La lógica indicaba que la miríada de planes subversivos, de infiltraciones armadas, de grupos de bandidos en las montañas, la invasión armada que finalmente arribó por Bahía de Cochinos o Playa Girón, más el aislamiento continental, más la cerrada propaganda anticubana, serían más que suficientes para liquidarla.

Todos los cálculos fallaron.  Nunca más las burguesías latinoamericanas en el poder abandonarían los países donde tuviera lugar un proceso renovador, y se convirtieron en base de una oposición sin escrúpulos, que como en el caso chileno prefirió los horrores de una dictadura militar a un gobierno de raíz popular.  Así ocurre en Venezuela.

Cuba tuvo el apoyo soviético, ciertamente inestimable. Gracias a él, en momentos verdaderamente críticos y a paso de marcha, fue posible reorientar la supervivencia económica primero y luego el avance económico y social cubano hacia el campo socialista europeo.  Venezuela se ha nutrido de la experiencia cubana y del apoyo para el desarrollo de importantes frentes como la salud masiva y la educación, también popular.

Cuba conformó unas poderosas fuerzas armadas, de base popular. Las fuerzas armadas venezolanas se mantienen firmes en su respeto a la Constitución, a pesar de los llamados golpistas de personeros estadounidenses.

Cuba recibió la solidaridad mundial.  A Venezuela, frente al documento espurio elaborado en Lima, le acaban de responder los países miembros de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), con la reiteración de su más firme apoyo en la reciente Cumbre de esta organización, creada por Chávez y Fidel.

Las semejanzas son muchas en términos de ideales, de búsqueda de justicia social, de solidaridad internacionalista.

Y de enemigos:  de decisión a enfrentar con la fuerza del pueblo la marea reaccionaria.

Las diferencias son las lógicas entre dos procesos guiados por las mismas ambiciones, que han elegido caminos propios, autóctonos, en épocas diferentes.

Es el momento de devolver a la amenazada Revolución iniciada por Hugo Chávez, la solidaridad que muchos pueblos del continente han recibido en estos años proveniente de Venezuela.  Es necesario mantener su ejemplo.  América Latina lo necesita.

Enrique Román
Enrique Román. Periodista, académico y comunicador cubano, analista de política internacional.

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